CISOR

Costo de la vida y desempleo conducen a la informalidad

El Universal – Caracas 03 de marzo de 2013

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Cada vez es más frecuente recorrer las calles y encontrar en cada esquina a una persona que vende comida, ropa, productos de aseo personal o alimentos. No importa si es en el este de la ciudad, tampoco el oeste, norte o sur; en general, los ciudadanos coinciden en que el salario familiar no es suficiente ante el alto costo de la vida, lo cual los obliga a “rebuscarse” dentro de la economía informal.

Ese es el caso de Laura Castellano, dedicada al alquiler de teléfonos en el centro de Caracas. Reconoce que su situación no es más rentable que estar empleada en una empresa, pero las circunstancias la obligaron a buscar su sustento diario. Afirma que el local que le asignaron en el Mercado Cipriano Castro, ubicado al lado del Mercado de Quinta Crespo, no le garantiza los ingresos suficientes. “Eso es un depósito, no sirve. No va gente, fue mal promocionado. Se presta para otras cosas, pero no para comercio”, asegura.

Aunque las cifras del Instituto Nacional de Estadística reflejan una disminución de la informalidad, lo que permite al organismo afirmar que el empleo avanza hacia la consolidación de actividades económicas más estables, estudios evidencian que tener más ocupados no necesariamente redunda en mejores condiciones laborales.

En diciembre, 7,5 millones de personas estaban en el sector formal de la economía, mientras que 5,4 eran informales. Esto significa que 42% de la población venezolana carece de un empleo de calidad.

El INE sostiene que el trabajo informal no significa necesariamente un empleo en condiciones precarias ni está reducido a la categoría de buhoneros, pues una buena parte utiliza tecnología y cumple con la normativa sociolaboral.

Sin embargo, este fenómeno no aplica en todos los casos. Esther Ramírez lleva dos años trabajando desde su casa, aprovechando los recursos de la tecnología. Siente que devenga un buen salario y no lo compromete en movilizarse o alimentarse fuera del hogar.

“No cambiaría estar en mi casa por una oficina. Prácticamente soy la jefa por las responsabilidades que tengo y no debo tratar de caerle simpática a nadie”, dice.

No obstante, aunque disfruta estar empleada, lamenta que tuvo que sacrificar otros beneficios laborales, como utilidades, caja de ahorros, prestaciones y seguro social.

Rafael Quintero, a cargo de un puesto de venta de chicha, cuenta que intentó acercarse al mercado formal, a través de una compañía de limpieza. Al evaluar su situación, se concluyó que le favorecía más desempeñarse por su propia cuenta, en lugar de estar sujeto a un horario, bajo un salario que no le permitía cubrir sus necesidades fundamentales, con la obligación de hacer las tareas que otros compañeros no asumían.

Según la socióloga Genny Zúñiga, buena parte de quienes trabajan lo hacen en condiciones poco favorables. Esto significa bajos niveles de ingreso, ausencia de beneficios sociales, inestabilidad contractual, entre otros aspectos.

El salario mínimo vigente se ubica en Bs 2.047 y la canasta alimentaria normativa terminó en diciembre en Bs 2.085. Con la devaluación la remuneración perdió fuerza. Hasta enero, un trabajador devengaba 476 dólares de salario básico, después del 8 de febrero apenas percibe 325 dólares, es decir, una disminución de 32%.

Los efectos ya comienzan a sentirse con el alza de precios de algunos bienes, sin embargo, expertos prevén que será en mayo cuando se evidencie el impacto real de la medida.

Organizaciones sindicales exigen al Gobierno un aumento inmediato del salario mínimo por encima del 50%, dada la pérdida del poder adquisitivo. Desde 2012, el BCV no reporta mejoría de las remuneraciones públicas ni privadas y para este año firmas como Econoanalítica estiman una caída de 8% en el salario real.

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